Pausada pero sistemáticamente, la Unión Europea avanza en su acercamiento a América Latina. Ha firmado acuerdos amplios que incluyen comercio e inversión, primero con México y luego con Chile. Ha realizado una primera ronda de negociaciones con Centroamérica y una segunda con la Comunidad Andina de Naciones (CAN). Ha concertado una asociación especial con Brasil y está en busca de una vinculación con el Mercosur.
Los resultados de esta marcha de la Unión Europea como entidad política, económica y social hacia Latinoamérica no siempre son espectaculares en términos de volúmenes comerciales, inversiones directas o acciones de cooperación, pues en la agenda europea hay otros asuntos y regiones que demandan gran atención, pero revelan claramente una visión estratégica: sin dejar de reconocer su importancia mundial y el particular peso que tiene en nuestra región, Europa considera que Estados Unidos no puede tener a América Latina como su “patio trasero”. Esta certeza europea le permite establecer con fuerza su interés por Latinoamérica y el Caribe, sobre todo en momentos en que la atención estadounidense está puesta en los asuntos domésticos, con un proceso electoral que se advierte asaz complicado.
Si, como es tradicional, la política exterior ocupará poco espacio en los debates entre candidatos a la Presidencia de EU y, en todo caso, la discusión estará centrada en temas como la presencia militar en Afganistán e Irak, la paz en el Medio Oriente, la amenaza de proliferación nuclear y la lucha contra el terrorismo, todo parecería indicar que el campo está libre para que la Unión Europea mantenga su estrategia de avanzar hacia nuestra región.
Si algo hemos visto en Latinoamérica en los últimos tiempos es la multiplicación de las inversiones españolas, francesas, alemanas, inglesas y holandesas, entre otras. Pero esta marcha europea hacia América Latina plantea algo más que un regreso de los intereses del viejo continente y abre dos posibilidades reales.
La primera, tomar en serio la indispensable diversificación de los vínculos económicos de nuestros países, un reto especialmente difícil para México que pese a sus múltiples acuerdos comerciales internacionales no encuentra aún su equilibrio y mantiene su excesiva dependencia de EU. La segunda, incitar a los latinoamericanos a fortalecernos como bloque político-comercial para insertarnos con mayor peso en la globalización, lo que plantea también dificultades a nuestro país pues no hemos logrado avanzar en nuestra “latinoamericanidad”.
Así, mientras Europa marcha hacia Latinoamérica reconociendo y apoyándose en los esquemas de integración en nuestra región, México no marcha hacia el sur. Sus acuerdos con Chile o Centroamérica reconocen la importancia del comercio y la inversión, pero no muestran una verdadera intención de formar parte de una comunidad latinoamericana.
Urge formalizar nuestra asociación al Mercosur dejando de lado temores y recelos que hasta ahora han impedido un acuerdo de libre comercio entre México y ese grupo de países al que cada vez se unen más naciones sudamericanas. Urge aprovechar la invitación expresa que se ha hecho a México para incorporarnos como miembro asociado de la CAN, como lo ha hecho Chile. Urge impulsar, junto con el resto de América Latina, políticas públicas con profundas connotaciones sociales y distributivas para eliminar la pobreza y la desigualdad y adoptar mecanismos de solidaridad semejantes a los fondos de cohesión y estructura europeos.
Urge, en síntesis, que nos decidamos en favor de una auténtica integración latinoamericana a fin de consolidar a la región como un bloque en un mundo dominado justamente por bloques y países poderosos. ¿Por qué Europa cruza el Atlántico y México no se anima a cruzar el Darién?