Febrero 12, 2008...1:00 pm

¿Un ‘déjà vu’?

Reconocer que la migración constituye un fenómeno mundial exige analizar sus diversas connotaciones generales y específicas.

Por un lado, destacan temas tan dolorosos como el maltrato del que son víctimas aquellos que llegan sin los documentos migratorios para abrirse paso en sociedades que, si bien requieren sus servicios, les niegan el derecho a un trato digno, a un permiso de trabajo, a un salario justo, a sentirse seguros en su cotidianidad. Lastima también que la gran mayoría de ellos abandonaron su patria porque no encontraron en ella trabajo, certidumbre, dignidad, oportunidad; por la ausencia de políticas públicas que los tomaran en cuenta.

Duele, igualmente, que se van los mejores ciudadanos, hombres y mujeres, emprendedores, trabajadores, decididos, valientes, habilidosos; jóvenes preparados, frustrados por la falta de estímulos y oportunidades para hacer efectivos los conocimientos que adquirieron. Indigna el hecho de que sus aportes no son apreciados en los países a los que llegan y a menudo se les echa en cara el costo de utilizar servicios públicos como la educación y la salud, a pesar de que pagan impuestos.

Se mantiene y propaga el prejuicio de que los trabajadores indocumentados sólo extraen beneficios pero no contribuyen a la formación de riqueza, como si el trabajo que realizan, aunque mal pagado, no se tradujera en beneficios para el país receptor, como lo demuestran múltiples estudios sobre el tema. Angustia que en los países expulsores existan comunidades fantasma, pobladas de ancianos y también de niños que sólo esperan crecer para emigrar. Preocupa el impacto de esa emigración sobre los países de origen en donde escasean trabajadores calificados, y a los que jóvenes educados en el extranjero no quieren regresar pues prefieren permanecer en donde encuentran mayores oportunidades y mejores ingresos.

Todos los anteriores aspectos que caracterizan globalmente el fenómeno migratorio duelen y preocupan seriamente, como lo hacen algunas de sus manifestaciones más concretas.

En Estados Unidos, la xenofobia y los sentimientos antimexicanos están ganando la partida. El fracaso de la reforma migratoria integral se ha traducido en la proliferación y endurecimiento de medidas locales, así como en incidentes fronterizos inaceptables. Recientemente, por ejemplo, en la zona de Tijuana la patrulla fronteriza estadounidense respondió a una agresión con piedras desde México, lanzando a través del ignominioso muro construido para desalentar los cruces indocumentados gases lacrimógenos y de pimienta.

En la Unión Europea el panorama no es mucho más alentador. De Irlanda a Bulgaria, de Finlandia a España, los centros de detención de indocumentados se multiplican. En la actualidad existen 224 en los que pueden internarse más de 30 mil extranjeros indocumentados que esperan su deportación, y en muchos de ellos las condiciones son más bien precarias y evocan horrores que pertenecen al pasado, como el hecho de que en el sur de Francia se haya habilitado uno de ellos en las instalaciones del que fuera uno de los más grandes campos de internación de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

Un estudio reciente del Parlamento Europeo describe cómo algunos de estos centros se asemejan a cárceles, con alambrados de púas y cámaras de vigilancia, y cómo muchos de ellos están infestados de enfermedades, carecen de servicios médicos apropiados y son teatro de asesinatos, incendios criminales y suicidios, además de que puede retenerse en ellos a los internos hasta por 18 meses, cuestiones todas ellas que violentan los derechos humanos de los indocumentados detenidos.

Estos son algunos ejemplos de la equivocada concepción y lo inadecuado del tratamiento a este fenómeno global que es la migración. Muros, campos de internamiento, gases, ¿un déjà vu?, ¡ojalá no!